San Borja, 30 de Abril del 2017 Lima - Perú

Editorial Abril 2015: Una Perspectiva de la Cruz

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«Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo:
-Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame». (Marcos 8:34 RV95)

 

En un momento crucial y muy particular de su ministerio, el Maestro les hizo referencia de la Cruz y su significado por vez primera a sus discípulos, develando la realidad y necesidad de ella en el camino de la fe. Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas refieren paralelamente el relato de lo sucedido(1), dándonos una imagen completa de aquel trascendental episodio.

Pero, poco antes de hacer tan comprometedora revelación, Jesús les hizo también una sencilla y contundente pregunta. «¿Quién dice la gente que soy yo?»(2), les inquirió. Por lo que es necesario considerar previamente esta interrogante, antes de intentar comprender el significado de llevar el madero, cada día.

El lugar escogido por el Maestro para tal interpelación fue muy apropiado para sus fines, pues en esta apartada región, conocida como Cesarea de Filipo, se entretejían los hilos del poder y las filosofías religiosas imperantes de entonces.

Cesarea de Filipo era así llamada por el gran Templo de mármol blanco que Herodes el Grande construyó y que Herodes Felipe, el tetrarca, se encargó de hermosear para que allí sea venerado el César, el “dios emperador”. La historia cuenta que Herodes Agripa habría de llamar al lugar Neroneas, en honor del emperador Nerón. De tal forma que, cuando se miraba a Cesarea, incluso desde una considerable distancia, era inevitable no ver aquella impresionante mole de mármol reluciente, sin pensar en el poder y en la grandiosidad de Roma.

«Toda la zona –además– estaba jalonada con templos del dios sirio Baal. Thomson, en La Tierra y el Libro, enumera no menos de catorce tales templos que había en los alrededores. Aquella era una zona cuya atmósfera era el aliento de la antigua religión, que estaba toda ella a la sombra de los dioses antiguos.

Pero no eran los dioses de Siria los únicos que se adoraban allí. En las proximidades de Cesarea de Filipo se erguía una gran colina en la que había una profunda caverna que se decía que había sido el lugar de nacimiento del gran dios Pan, el dios de la naturaleza. Hasta tal punto estaba identificada Cesarea de Filipo con ese dios que su nombre original había sido Paneas, y hasta hoy en día se la conoce como Bâniyâs. Las leyendas de los dioses de Grecia se concentraban en torno a Cesarea de Filipo.

Además, esa cueva se decía que era donde nacía el río Jordán. Josefo escribió: “Hay una cueva muy hermosa en la montaña bajo la cual hay una gran cavidad en la tierra; y la caverna es abrupta, y prodigiosamente honda, y llena de agua en calma. Sobre ella se eleva una gran montaña, y por debajo de la caverna surge el río Jordán”. La sola idea de que ese era el nacimiento del río Jordán haría que rezumara todas las memorias de la historia de Israel. La antigua fe del judaísmo estaría en el aire para cualquier judío devoto y piadoso»(3).

Sin duda alguna, éste era un escenario apropiado para aquella confrontadora pregunta, que, a su vez, estaba ligada al significado simbólico del llevar la Cruz que los discípulos, tanto de ayer como de hoy, deberían tener bien en claro. Sin esta claridad, la Cruz carece de relevancia en el día a día.

Ante la interpelación de Cristo, las referencias de las creencias populares fueron variadas, puesto que algunos entre el pueblo pensaban que Jesús era la ‘reencarnación’ de Juan el bautista; otros decían creer que era Elías, el gran profeta que fuera llevado por Dios al cielo sin ver la muerte(4); y otros creían seriamente que él era el profeta Jeremías(5), de quien se decía que había ocultado en el monte Nebo el Arca del Pacto y el Altar del Holocausto, antes de que el pueblo fuera llevado al exilio babilonio, y que habría de recuperarlos poco antes de que viniera el Mesías(6).

Es decir que, en la opinión de muchos del pueblo, Jesús era un reencarnado, un mensajero divino apocalíptico, o simple y llanamente un iluminado. Opiniones místico religiosas interesantes y variopintas, que nos hacen ver la semejanza existente con las ideas contemporáneas ajenas a la verdad y muy comunes en la caleidoscópica espiritualidad posmoderna, ésa que no es la expresión del renacimiento de la fe trascendente, propia del cristianismo genuino, «sino un retorno al pensamiento mágico, a la búsqueda de poderes superiores que sirvan para manipular la realidad y solucionar los problemas contingentes», capaz incluso de convivir con las expresiones más puras del cristianismo»(7).

La pregunta del Maestro pretendía, entonces como ahora, confrontar el sincretismo espiritualista, que distorsiona la verdad y su eficacia. Por ello, resulta importante notar que, al parecer, el Señor no consideró a sus discípulos aptos para comprender la verdad de la Cruz y del llevarla hasta no cerciorarse de que hubieran reconocido su verdadera identidad y se identificaran plenamente con él, pues fue éste el momento y el lugar a partir de los cuales el Señor «comenzó a enseñarles... que le era necesario padecer mucho, y ser desechado…, y ser muerto, y resucitar»(8). Sólo a partir de entonces, como refiere la Escritura, Jesús les empezó a hablar «claramente»(9) de la Cruz y su realidad e implicancias. «La expresión ‘claramente’ traduce la palabra parresia, que significa ‘con libertad de expresión’, sin secretos»(10).


La respuesta personal de los apóstoles en la voz del discípulo más prominente, y en este contexto, fue completamente satisfactoria para el Maestro, pues cuando Jesús les preguntó, «y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», Pedro respondió con acierto: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente»(11).

El reconocimiento personal de que Cristo es el “Ungido” (en griego, Christos) —el Hijo del Dios vivo, que vino para llevar a cabo la necesaria tarea de nuestra redención— propició el terreno para que Jesús les hablara de la Cruz y su significado, tanto simbólico como real. Algo que si bien no llegaron a entender a cabalidad en aquel momento, lo comprendieron después de que vieran a su Maestro colgando del madero.


Frente a este hecho la dimensión simbólica de la Cruz de Cristo comenzó a hacerse clara para aquellos que lo habían seguido, pues cuando Jesús les dijo que todo aquel que quisiera seguirlo debería tomar su cruz no se refería al sufrir los problemas o circunstancias difíciles propias de esta vida, comunes a todos los mortales al fin y al cabo (concepción ésta ampliamente difundida y completamente ajena a la verdad del mensaje bíblico).

Para Cristo, la Cruz en su vida no se trató de un problema o situación difícil que sobrellevar. La Cruz era la consumación del plan de Dios para su transitoria existencia terrenal, a favor de la humanidad. Y cuando comenzamos a entender así el significado de la Cruz en nuestro día a día, aceptando la voluntad y el plan divino para nuestras vidas personales, entonces nos convertimos en fieles seguidores y discípulos auténticos del Maestro, y el poder extraordinario que ella encierra para los efectos se vuelve una poderosa realidad. Como experimentara Pablo, quien dijera: «con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí»(12).

Pero ello exige de nosotros una premisa básica: negación de uno mismo y disposición a asumir su voluntad, para el bien de la humanidad. Una cuestión muy difícil de encontrar, en un mundo donde priman el egoísmo, el descompromiso y el hedonismo a ultranza.

Ya desde antaño se hacía evidente esta distorsión, la cual se pone de manifiesto en las palabras del anónimo poeta, quien escribiera aquellos versos que con acierto dicen:

“En los tiempos de las bárbaras naciones
de lo alto de las cruces colgaban los ladrones;
pero hoy, en el siglo de las luces,
del pecho de los ladrones cuelgan las cruces.”


¡Que Dios nos libre de tal aberración!

¿Quién es Cristo para ti? ¿Es su cruz, en tu vida, la que tú llevas?

 

Rev. Julio César Lugo


(1)
Mateo 16:13-16; Marcos 8:27-33; Lucas 9:18-20
(2) Marcos 8:28
(3) William Barclay, “Comentario al Nuevo Testamento”, Vol. II, p. 159
(4) 2 Reyes 1:11
(5) Mateo 16:14
(6) 2 Macabeos 2:1-12
(7) Salvador Dellutri, “El Desafío Posmoderno”, p.53
(8) Marcos 8:31
(9) Marcos 8:32
(10) John Phillips, “La Visión de la Cruz”, p. 34.
(11) Mateo 16:16
(12) Gálatas 2:20

 

 

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